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Literatura mexicana prehispánica y sacralidad
El día de hoy, el refugio más fácil de socorrer
que tiene un pueblo de actitud fácil es la identidad nacional. Los
nacionalistas se buscan héroes y figuras vernáculas para
ponerlas en monedas, billetes, calles, parques, librerías y planes
de estudios. El estudiante de la carrera de «Lengua y literaturas
hispánicas» de la UNAM debe cursar durante su primer año
cierta materia llamada "Literatura Mexicana I, prehispánica". ¿Será
cierto que existió en México una «Literatura prehispánica»?
La pregunta anterior no está sujeta a discusión.
Por supuesto que existió la literatura mexicana precolombina. Quien
duda de la anterior afirmación es alguien que cree que en el continente
no existió nada literariamente relevante antes de la llegada de
la europea lengua castellana, y que la única literatura de lo que
ahora llamamos Latinoamérica ha sido la «hispanoamericana».
Quien trate de estudiar con justicia y objetividad
la realidad humana y espiritual precolombina en el continente americano
tiene que ser algo antropólogo. Aún delimitando el campo
geográfico de estudio al territorio nacional, y luego partiéndolo
a la mitad para analizar sólo la parte considerada Mesoamérica,
el entusiasta se queda corto. El término corresponde a una abstracción
geográfica y no a 1 solo estado uniforme. Se refiere a un conjunto
de pueblos que si bien tuvo similitudes culturales evidentes (la alimentación,
el calendario, los rituales y la paralelidad de divinidades), no pueden
en ningún considerarse una única cultura. Y el estudio se
complica si recordamos que del preclásico temprano al posclásico
tardío hay un espacio de más de 2500 años según
unos y de 4000 años según otros. Ni hablar de la cantidad
de lenguas que tuvieron escritura en alfabeto latino y que sería
necesario aprender para estudiarlos «en sus fuentes», ni de
conocer a profundidad sistemas de escritura no alfabéticos. Es por
esto que el literato acude a la solución sencilla: estudiar sólo
las más representativas obras de las más representativas
culturas. En este caso, algunas nociones sobre lo que queda de códices
y algunas traducciones del náhuatl y lenguas mayas de anales, cantos,
crónicas, descripción de ritos y de algún sustrato
dramático. El problema no es tan grave en cuanto a estos aspectos.
La verdadera e inadvertida dificultad es darse cuenta que, al estar situado
uno en una cultura globalizada con ya arraigadas tradiciones europeas (más
que occidentales), nos estamos enfrentando con una conglomerado de civilizaciones
no emparentadas a la nuestra, que bien podemos empezar a comparar a partir
de nuestras similitudes como seres humanos y de los universales sociales
y religiosos, aunque al final nos quedemos más asombrados que comprensivos
con los habitantes antiguos de nuestro patrio suelo.
¿Qué tanto debe un literato comprender
a buen modo la cosmovisión precolombina? Mucho, dada la naturaleza
de los textos. En el caso mexica, ya el padre Ángel María
Garibay «descubrió» la «Literatura náhuatl»,
ya el doctor Miguel León Portilla analizó la «Filosofía
náhuatl», por mencionar sólo un par. Ambos han sido
precavidos en su labor. Recuerdo ridículos casos de zocaleros
y
otros fanáticos que con ligereza colérica decían estupideces
tan difundidas como:
El náhuatl es de las lenguas más
completas y perfectas que han existido, en opinión de destacados
lingüistas.
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El náhuatl no es un dialecto. Es un
idioma porque tiene Academia de la Lengua y Diccionario.
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Cuando los lingüistas son de la opinión
que no hay ni motivos ni necesidad de atreverse a afirmar que hay idiomas
mejores que otros, y cuando son realmente pocas las lenguas que tienen
alguna organización de intenciones normativas como nuestra RAE.
El quechua tiene Academia de la Lengua y no por eso es menos idioma que
el inglés, que no la tiene.
Los casos anteriores son los de personas que vuelven
los ojos al pasado nacional para buscar una identidad con la cual ampararse.
Sobrevaloran antes de conocer. O lo ven "por encimita", y llenan sus casas
de figuritas de dioses que no conocen, aprenden a bailar en un pie y memorizan
cómo decir "I love you" en zapoteco de Juchitán. Y
es lo que debe evitar el investigador objetivo.
Otro ejemplo de simplicidad fue la siguiente afirmación,
digna de un poco más de escrutinio:
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«Teotl» no significa «Dios».
El «Teotl» del náhuatl no corresponde con el
«Dios» de occidente.
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Ésta es también una de las frases célebres
de los zocaleros. En cierto modo, se les puede dar razón
diciendo que, al ser dos cosmovisiones no emparentadas, un concepto que
los sabios filólogos han tomado para traducir el «Teotl»
como «Dios» y viceversa es en cierto modo forzado. En ciertos
documentos se cita a Huitzilopochtli como «in Diablo Vitzilobuchtli»
(y para «diablo» usan «tlacatecolotl»),
y al Dios cristiano se le llama «in huel nelli Teotl Dios,
in Ipalnemohuani, in Teyocoyani, in Tloque Nahuaque, in Ilhuicahua, in
Tlalticpaque», "el verdaderísimo teotl por quien
se vive, el creador de las personas, el dueño de la cercanía
y de la inmediación, el dueño del cielo, el dueño
de la tierra". ¿Será sólo adaptación de los
traductores o en verdad son términos que no se corresponden?. ¿Era
Huitzilopochtli un Teotl o un Dios o ninguno?.
A oídos de un antropólogo de habla
española le sería ridículo usar su palabra «Dios»
solamente para el de su religión. Llamar 神 al dios si es japonés,
神 si es chino, 神 o 하나님 si es coreano, الله si es árabe, θεός si es griego, deus, si es latino, ku' si es maya y así
sería demasiado afán polígloto.
En fin. De ahí que el estudio de las culturas
mexicanas prehispánicas sea tan particular.
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